“ Los juegos
tradicionales son patrimonio de la humanidad, siendo nuestros hijos o alumnos
los legítimos herederos de esa riqueza patrimonial. Nosotros como meros
transmisores, estamos en la obligación de preservar y potenciarlos, aportando
esfuerzos cada uno en el papel que nos ha tocado representar” (Rebollo, 2002).

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